Y así, sin más... el paseo llega a su final. Lo que empezó con ganado de bronce y esos grandes gestos cívicos -decisiones pensadas para la ciudad y para quedar en la foto- se fue volviendo más complejo: viejos almacenes de ladrillo, hormigón serio, luz de museo, velas de catedral, curvas de sala de conciertos y, para rematar, un parque construido justo encima del retumbar de la autopista. Dallas, ya ve, disfruta haciendo entradas teatrales.
En el camino, la ciudad se sintió menos como un skyline y más como un escenario... donde el duelo, la ambición, el dinero, el arte, la fe y la vida pública van turnándose bajo los focos. Algunos sitios preguntaban qué merece conservarse. Otros, con más discreción, quién tiene derecho a decidirlo. Hasta la generosidad deja huella: jardines, galerías y espacios de encuentro moldeados tanto por visión privada como por necesidad pública. Llévese este Dallas: no solo torres pulidas, también la ciudad por capas... que sigue corrigiéndose, discutiéndose y construyendo sin dejar que todo se pierda en el ruido. Gracias por caminar conmigo.


