Vale, hacia delante tienes un bloque de apartamentos de ladrillo rojo, bien “Knightsbridge”, con molduras blancas impecables... y un balconcito con la bandera de Ecuador ondeando a la altura de los ojos. Está justo en la esquina, donde Hans Crescent se cruza y parece guiñarte el ojo.
Sí, has llegado: el número catorce, la Embajada de Ecuador en Londres. Y para rematar la ruta, no está nada mal. Esto no es la típica embajada con rejas enormes y guardias marcando territorio. Aquí está metida en un edificio residencial londinense de los de toda la vida, pared con pared con la Embajada de Colombia, y con vecinos que, literalmente, viven a un paseo de Harrods. Bandas de estuco blanco sobre ladrillo rojo, balcones de postal... de esos donde uno espera a Romeo. O, por razones que nadie pidió, a Julian Assange.
Porque este lugar tuvo un capítulo de thriller bastante serio. En junio de dos mil doce, Assange, fundador de WikiLeaks, entró corriendo por estas puertas para esquivar a la policía británica. Venía de saltarse la fianza, o sea, el dinero y la promesa que te dejan en libertad mientras esperas juicio... y se refugió aquí. No unos días: casi siete años. Vamos, más de lo que tarda en aparecer un tren de la District line cuando lo necesitas.
La noticia se extendió rapidísimo. Llegó la prensa, llegó la policía... y la vigilancia acabó costando a la Policía Metropolitana de Londres -la “Met”- unos diez millones de libras. En documentos internos se hablaba de “arrestar bajo cualquier circunstancia”. Protestas, pancartas, y algún que otro manifestante detenido justo aquí fuera. Mientras tanto, en la trastienda diplomática, comunicados de un lado y del otro como si repartieran cartas, y el presidente Rafael Correa mandando faxes furiosos sobre derecho internacional, es decir, las normas que regulan cómo se comportan los países entre sí.
Hubo un momento en que el gobierno británico incluso dejó caer la idea de entrar a la fuerza... lo que provocó un escándalo mundial. El canciller de Ecuador lo llamó “una clara violación del derecho internacional”, y en Quito también hubo protestas frente a la embajada británica.
Cada cierto tiempo, Assange salía a ese balcón a dar discursos: no era Evita, pero a los medios les bastaba. Dentro, seguridad internacional apuntando cada visita, y rumores rebotando por pasillos y pisos.
Y en abril de dos mil diecinueve, Ecuador dijo “hasta aquí”. Invitó a la policía a entrar, y Assange salió detenido, en una de las salidas más famosas del Londres moderno. Desde entonces, rutina diplomática: pasaportes, formularios... y algún turista con la esperanza de que salte otra escena. ¿Te apetece un té después de esto? Te lo has ganado.




