Bueno… aquí estamos, amigo: la última parada. Quién lo diría. Hemos pasado de las luces del Royal Court Theatre a esas historias medio susurradas fuera de la Embajada de Ecuador… y, entre una cosa y otra, hemos ido pintando el barrio con todos los tonos posibles de “azul Chelsea”.
Caminar estas calles contigo ha sido como volver a un álbum viejo con alguien de confianza. Mi abuela decía: “En Londres, todas las calles están esperando a que unas botas les den sentido”. Y mira, hoy les hemos dado sentido… y también unos cuantos kilómetros.
Hemos hecho un paseo de los buenos: tiendas finísimas, casas que parecen sacadas de una novela, arte capaz de hacer que hasta la reina alce una ceja… y, cómo no, alguna que otra taza de té por el camino. Si me dieran una moneda por cada vez que me he parado a charlar con alguien del barrio, me compraba un piso más grande que el propio Chelsea Manor. Que, por cierto, suena más fácil de lo que realmente es.
Lo bonito de Chelsea es que no hace falta haber nacido aquí ni venir solo “a echar un vistazo”: el lugar se te mete dentro sin pedir permiso.
Ojalá te lleves esa chispa… esas ganas de mirar hacia arriba, girar la esquina y acabar con nuevos amigos en un pub. Al final, Londres está hecha de historias y risas… y ahora una de esas historias es la tuya.
Gracias por dejarme acompañarte. Yo soy Adam… tu guía y, si me lo permites, tu narrador cockney: “cockney” es el acento y la forma de contar las cosas del este de Londres, con mucho descaro y cariño. Buen viaje… y, cuando pases por London Bridge, guiñale un ojo de mi parte. Hasta la próxima.




