Estás justo en el punto donde estuvo Chelsea Manor, el corazón del viejo Chelsea… y hoy no queda ni una torre ni una viga a la vista. Solo calles elegantes, de esas que parecen pedirte que camines con modales.
Imagina que estamos en el año mil quinientos treinta y seis. Enrique Octavo se hace con este lugar y, “sí, me lo llevo”. Y como era de los que redecoraban la vida entera cada pocos años, trae madera desde Whitehall y se pone a remodelar. Entre otras cosas, añade más “closets”, o sea, cuartitos y armarios integrados para guardar ropa y trastos… porque incluso la realeza necesita dónde esconder sus secretos y sus calcetines. Y el mantenimiento fue constante: arreglos, retoques, jardineros corriendo de un lado a otro.
Los jardines eran cosa seria. No hablamos de cuatro macetas: había jardines amurallados y un “privy garden”, que era el jardín privado de la reina, reservado y más íntimo. Había veintinueve jardineros, seis mujeres dedicadas a desherbar, y pedidos de miles de plantas: laurel, romero, lavanda y tanto aligustre que podías perder a tu abuela en un seto. A Catalina Parr le encantaba este lugar, y su jardinero John Colman cobraba ocho peniques al día… los peniques eran monedas pequeñas, pero eso ya era un buen sueldo para alguien que no llevaba corona.
En mil quinientos cuarenta y uno, Catalina Howard y la joven princesa Isabel navegaban en barca por el Támesis para venir y volver de Chelsea. Imagínatelas pasando mientras alguien descarga fruta en el muelle. Lo más normal del mundo.
En mil quinientos cuarenta y cuatro, Chelsea se le concedió a Catalina Parr de por vida. Vivió aquí mucho tiempo; fue viuda, luego esposa de Thomas Seymour y, al morir, le dejó todo a su último marido.
Después llegaron más nombres potentes: John Dudley, duque de Northumberland, celebraba consejos aquí. Cuando cayó en desgracia, su esposa Jane pidió su parte y la Corona se la dio… también de por vida. Y la casa cambió de manos sin parar: Ana de Cleves vivió aquí y aquí murió; también pasó por Sir Hans Sloane, obispos, duques, condes y vizcondes.
Hasta que se acabó: en mil ochocientos veinticinco derribaron la tercera y última mansión. La familia Cadogan urbanizó la zona y nacieron estas calles. Así que, cuando veas un seto impecable o un portal impecablemente caro… recuerda que aquí hubo reinas, política… y muchísima maleza.



