Mira al frente y vas a reconocer Pont Street enseguida: esos edificios altos de ladrillo rojo, con frontones y balcones pintados de blanco. Los frontones son esas “coronitas” triangulares en el tejado… pura teatralidad victoriana.
Ya estás en Pont Street, un lugar donde han coincidido estilo, escándalo y, sí, algún que otro perro salchicha con pedigrí. Estas moles de ladrillo pertenecen a un estilo apodado “Pont Street Dutch”. El nombre se lo puso Osbert Lancaster, un escritor y dibujante con ojo afilado para la arquitectura y para las ironías. Imagínate una casa de cuento… pero vestida de alta sociedad: un toque de estilo Reina Ana, otro toque neerlandés, y listo, receta para gente muy, muy elegante.
Aquí estás justo en la frontera entre Knightsbridge y Belgravia, territorios favoritos de la clase alta desde hace generaciones. Harrods queda a la vuelta, por si te apetece pagar un dineral por un queso y llamarlo experiencia cultural.
En el número veintiuno vivió Lillie Langtry. Actriz, rompecorazones y amante de un rey… siempre impecable. Se mudó aquí en mil ochocientos noventa y dos. Y cuando su casa pasó a formar parte del Cadogan Hotel, ella se quedó con su antiguo dormitorio. Eso es fidelidad… o un colchón irreemplazable.
Y hablando del Cadogan: en la habitación ciento dieciocho detuvieron a Oscar Wilde en mil ochocientos noventa y cinco. Poeta, ingenio afilado, y un final nada discreto.
En el número cincuenta y uno vivió Harry Crookshank, diputado y amigo del martini “seco”, es decir, con poquísimo vermut. Más adelante está la iglesia de Saint Columba, un punto de referencia para la comunidad escocesa, reconstruida tras el Blitz y diseñada por Sir Edward Maufe: dura como una bota vieja.
Y para rematar lo raro: hubo una tienda de antigüedades llamada Portmeirion, de Sam Beazley, donde exhibían una barandilla del Liverpool Sailors’ Home. Pont Street, en resumen, deja huella: de Agatha Christie a Wilde… y alguna que otra placa azul para que no se nos olvide.




