Para encontrar el Teatro Amintore Galli, solo tienes que mirar al gran edificio de ladrillo rojo delante de ti, con tres niveles de arcos y columnas blancas, grandes ventanales y un pequeño reloj justo en el vértice de la fachada.
Ahora prepárate, porque lo que tienes enfrente no es solo un teatro, sino una cápsula del tiempo con más giros que una ópera de Verdi. Imagina Rimini en 1857: calles llenas de carruajes, damas y caballeros elegantemente vestidos y, de fondo, un aire de expectativa. El arquitecto Luigi Poletti, considerado entonces una especie de “estrella” de la arquitectura, recibe el encargo de crear un templo dedicado a la música; pero no cualquier templo, sino uno al estilo grecorromano, monumental, que hiciera sentir a cualquiera que aquí dentro ocurría algo grandioso.
Cuando finalmente abrieron las puertas, todo era luz, mármol y frescura neoclásica, con una gran escalinata circular y columnas corintias vigilando desde arriba. El gran telón, pintado por Francesco Coghetti, mostraba a Julio César cruzando el Rubicón de noche, bajo la mirada de la diosa Roma. El teatro se inauguró con una obra de Verdi-¡y vaya inauguración!-el propio compositor fue llamado al escenario veintisiete veces por el fervor del público.
Pero ya sabes, la vida nunca es tan sencilla. Tras algunos años dorados, el teatro empezó su particular montaña rusa de historia: fue rebautizado en honor a Víctor Manuel II, el rey de la Italia unificada. Resistió terremotos, cierres y reformas; por ejemplo, imagínate el año 1916, cuando un fuerte terremoto hizo crujir sus paredes, y tuvieron que cerrar para salvarlo, ¡hasta le pusieron electricidad y una lámpara nueva al volver a abrir! Hubo óperas famosísimas, una vez incluso estuvo el mismísimo Presidente de Italia entre el público.
Ahora, pongámonos un poco dramáticos, como en la mejor ópera: llega la Segunda Guerra Mundial, y aquí el teatro sufre un gran bombardeo aliado que casi lo reduce a escombros. Para 1947, lo poco que quedaba fue rebautizado en honor a Amintore Galli, un compositor y periodista musical nacido en la región, querido por su espíritu revolucionario y porque, justo aquí, estrenó alguna de sus piezas más importantes. Pero durante esos años difíciles, el teatro era como un rey sin castillo: por fuera parecía entero, pero por dentro estaba vacío, sin vida. Curiosamente, durante esos años, el atrio y lo poco disponible se usó para ferias comerciales y, en algún momento, hasta para hacer ejercicio-¡imagínate a los bodybuilders rodeados de historia, qué contraste!
Hubo hasta ideas locas para derribarlo y construir un centro comercial moderno en su lugar, pero la población, fiel a su joya, luchó y firmó peticiones para restaurar el teatro a su antigua gloria. Celebridades, músicos y artistas se unieron: la soprano Renata Tebaldi, directores de orquesta, pianistas y críticos se sumaron para que el Teatro Galli volviera a la vida. Y aunque varias veces las obras se detenían por falta de fondos o, en el siglo XXI, ¡por la quiebra de la empresa encargada de la restauración!-finalmente, tras décadas de espera y perseverancia, el telón volvió a alzarse en 2018 con una gala digna de cualquier ópera épica, con actuaciones de artistas reconocidos y la emoción a flor de piel.
Por dentro, el Galli tiene tres niveles de palcos, una galería y un gran atrio; está decorado con estucos dorados, esculturas y frescos, y en su subsuelo, para rizar el rizo histórico, puedes visitar un museo arqueológico con restos de una casa romana y hasta murallas bizantinas descubiertas bajo el escenario. Además, aquí no solo se hacen conciertos y óperas: el atrio es tan bonito y monumental que hasta se celebran bodas, imagina el “sí, acepto” con los ecos de Verdi de fondo.
Así que, cada piedra que ves, cada arco, cada dorado, tiene una historia que contar: desde dramas políticos hasta terremotos, desde grandes estrenos hasta el sonido de los martillos de los restauradores. Este teatro es una evidencia viva de que el espectáculo nunca termina en Rimini… solo cambia de escenario.



