A tu izquierda aparece el Lungomare Falcomatà… y sí, vas a ver a gente llamándolo simplemente “Via Marina”, como si fuera el salón de la ciudad. Porque, en cierto modo, lo es.
Estás frente a una caminata de más o menos 1,7 kilómetros entre dos plazas importantes, pegada al mar como una postal que se rehúsa a doblarse. Lo bautizaron con el nombre de Italo Falcomatà, el alcalde asociado con la famosa “Primavera de Reggio”, ese período en que la ciudad decidió sacudirse el polvo y volver a mirarse al espejo con un poco de orgullo.
Ahora, respira un segundo. ¿Lo notas? Sal, brisa, y ese olor mezclado de plantas y mar que no se consigue en frascos caros. El paseo está lleno de palmeras y vegetación tropical y subtropical, con especies que llevan aquí tanto tiempo que ya podrían votar: palmas de Canarias, ficus enormes, cycas, naranjos ornamentales… una franja botánica que funciona como un pequeño “jardín costero” entre dos niveles de paseo.
Pero esta belleza tiene cicatrices… y una historia movida. Durante siglos, las zonas de atraque importantes estuvieron cerca de un promontorio llamado punta Calamizzi, que en 1562 se hundió por un terremoto. Reggio, por si no lo habías notado todavía, está en un vecindario sísmico bastante activo. Mucho después, el terremoto de 1783 obligó a replantear la ciudad: se derribaron murallas antiguas y, con ese espacio ganado, nació la idea moderna del paseo marítimo, con una “fachada” continua de edificios mirando al agua. Era una manera elegante de decir: “Ok, reconstruimos… pero esta vez con estilo”.
Y luego llegó el gran golpe de 1908. Otro terremoto, otra reconstrucción. El ingeniero Pietro De Nava diseñó un plan urbano que amplió el lungomare y lo organizó como lo percibes hoy: la parte alta con edificios de estilo liberty, la franja verde central y la parte baja con la vista directa al Estrecho de Messina. Si te parece amplio… es porque lo es.
Mira alrededor: verás lámparas y barandillas de aire liberty, palacios de la última gran reconstrucción, y también huellas mucho más viejas, como tramos de murallas griegas y restos de termas romanas. Reggio aquí no te cuenta una sola época… te cuenta varias a la vez, como si tuviera demasiadas historias y poco tiempo.
Entre el mar y el paseo está el anfiteatro al aire libre, con forma de teatro griego, donde en verano la ciudad se pone en “modo espectáculo”. Y cerca, un monumento recuerda a Vittorio Emanuele III, que desembarcó aquí en 1900 por primera vez en suelo italiano ya como rey. Detalles así convierten este paseo en una línea de tiempo con vista premium.
Ah, y el apodo: “el kilómetro más bello de Italia”. Se repite mucho… y se le endosó a D’Annunzio, que al parecer ni pasó por aquí. Un clásico: la frase bonita viaja más que el autor.
Cuando estés listo, Palazzo Spinelli está a 3 minutos caminando hacia el sur.



