Para encontrar Zafferano, fíjate a la derecha: un edificio pintado de blanco, con un letrero naranja enorme que dice “ZAFFERANO” justo encima de una hilera de ventanas… encajado al lado de un bloque moderno mucho más alto, como quien se cuela en una foto de grupo.
Aquí estás, en pleno Knightsbridge, territorio de pisos elegantes y precios que te miran por encima del hombro. Y en medio de eso… este rinconcito italiano. Parece pequeño, sí, pero por dentro tiene suficiente personalidad como para que a tu paladar le entren ganas de bailar.
El restaurante lo abrió Giorgio Locatelli en mil novecientos noventa y cinco, el mítico Locatelli, formado en el Savoy, el hotel londinense donde se pulen los chefs con brillo de plata. Antes, este local era de cenas de pescado y chismes de Londres. Giorgio lo bautizó Zafferano, “azafrán” en italiano… un nombre que ya promete lujo antes de ver la carta. Como llamar “Diamante” al perro y esperar que no haga travesuras.
Y ojo, que pese al aire pijo del barrio, aquí se defendía cocina campesina italiana: nada de mantequilla por todas partes. La única concesión era un poquito en unos pappardelle, que son tiras anchas de pasta, con hígados de pollo y salvia. Y todavía se habla del tiramisú, servido dentro de una tuile, una galleta finísima y crujiente, como si fuera un trono comestible.
Drama no faltó: tuvo estrella Michelin desde mil novecientos noventa y nueve hasta dos mil doce, y Locatelli fue “Outstanding London Chef” en dos mil uno… hasta que una pelea lo empujó a salir. Luego cambió de dueños más veces que una patata caliente, y hasta tejieron las carpetas de la cuenta con azafrán de verdad. Sí, azafrán. Solo las carpetas… porque casi les da un infarto con el coste.
Sin estrella, siguió con encanto: rosetas de la A-A, o sea, un premio británico de calidad gastronómica, críticas entusiastas, una tienda deli abierta en dos mil siete, y fresas con vinagre balsámico de sesenta años. Así que si algún día picoteas aquí un palito de pan, recuerda: estás probando historia culinaria de Londres, con su dosis justa de teatro.




