Échale un vistazo a tu derecha... ese edificio de ladrillo rojo con el letrero grande que dice “Royal Court” no tiene pérdida. Y arriba, ese remate casi de palacete italianizante plantado en plena Sloane Square.
Bienvenido al Royal Court Theatre, una institución con más carácter que muchos pubs. No es solo un teatro: es uno de los motores del drama británico, el sitio donde escritores con mala leche creativa, directores valientes y, de vez en cuando, alguna estrella de Hollywood han montado grandes escándalos... de los que hacen historia.
Abrió en el año mil ochocientos setenta, y ojo al dato: al principio era una capilla reconvertida. De rezos a dramaturgia en un abrir y cerrar de telón.
En sus primeros años, por aquí pasaban carruajes mientras el público entraba a ver éxitos de Marie Litton, o alguna obra traviesa de W. S. Gilbert, antes de que se asociara con Sullivan para esas operetas tan disparatadas. La ironía y el escándalo eran parte del menú: The Happy Land, por ejemplo, levantó más cejas de las que conviene en una ciudad educada.
En el año mil ochocientos ochenta y ocho tiraron el edificio antiguo y levantaron este: ladrillo rojo elegante, molduras finas y ventanas con arcos... con pinta de sitio donde te imaginas a la reina entrando a tomar el té.
Pero que no te engañe la fachada: aquí ha habido giros dignos de telenovela. Hubo una época en la que casi se apaga para siempre, hasta que, tras la guerra, la English Stage Company lo rescató. Y ahí empezó la etapa más famosa: el teatro como cuna de nuevas voces. El bombazo fue Look Back in Anger, de John Osborne, en mil novecientos cincuenta y seis: cambió el teatro británico y dio pie a los “angry young men”, autores que preferían sacudir conciencias antes que repetir canciones y bailes.
Y más lío todavía: cuando el Lord Chamberlain, el funcionario que censuraba el teatro, quiso decirles qué podían poner en escena, el Royal Court se convirtió en club privado para representar A Patriot for Me, de Osborne, y Saved, de Bond. Esa picaresca ayudó a acabar con la censura teatral.
Por aquí han pasado Pinter, Churchill, Sarah Kane, Jez Butterworth... y sí, The Rocky Horror Show empezó arriba, en el estudio, en mil novecientos setenta y tres, con todo el mundo haciendo el Time Warp. Luego vinieron nombres como Sir Laurence Olivier, Alec Guinness, Mark Rylance... y en el año dos mil, tras una gran reforma financiada con una enorme subvención de la lotería, reabrió conservando la fachada y el auditorio antiguo.
No todo han sido aplausos: también hubo controversias, desde acusaciones de antisemitismo hasta investigaciones duras sobre protección y seguridad del personal. Pero la misión sigue: voces nuevas, ideas valientes, y obras que incomodan tanto a los de siempre como a los modernos. ¿Seguimos? Sloane Square todavía tiene cosas que contarnos.




