Y bueno... aquí llegamos al final, y Zamora ha sabido defenderse con argumentos muy serios. Sus torres, sus puertas, las curvas de los ábsides... el ábside es esa parte redondeada que suele cerrar la iglesia por detrás... y esos sillares gastados parecen eternos. Pero la piedra, por mucho que presuma, solo cuenta la mitad.
Lo otro que perdura, igual de tozudo, son las discusiones, las devociones, los juramentos y las historias que la gente va dejando aquí. El asedio de mil setenta y dos todavía se insinúa en los muros. Las viejas lealtades se agarran a las entradas. Hasta los nombres cambian, porque rebautizar es una de las formas más antiguas de recordar... o de reescribir. En eso somos especialistas.
Si afinas el oído... bajo los pasos sobre el empedrado, el silencio junto a las puertas de las iglesias, alguna campana lejana, ese olor a cera y piedra... Zamora no suena a museo. Suena a conversación.
Y esa es la idea para llevarte: la vida de la ciudad nunca estuvo encerrada en sus monumentos. Vive en lo que la gente siguió contando, discutiendo y transmitiendo.


