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Malatestiano Temple

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Malatestiano Temple

Para encontrar la Biblioteca Cívica Gambalunga, mira al edificio grande de ladrillo marrón con ventanas enrejadas y columnas elegantes que se alza imponente en la acera derecha; seguro que lo reconoces porque parece que te está invitando a sumergirte en la historia.

Ahora, deja que te cuente una historia que comienza hace más de 400 años, cuando Rimini era una ciudad de nobles, caballos y-sí-muchos abogados. Imagina estar en 1610; el aire se llena del sonido de martillos y sierras, y unos obreros encajan grandes bloques para construir lo que sería el Palacio Gambalunga, un edificio tan elegante que incluso las piedras parecen envidiarlo. ¿Quién era este tal Gambalunga? Alessandro Gambalunga, un abogado con más deseos de compartir conocimiento que de guardar secretos en su toga. Dicen que en vez de coleccionar enemigos en juicios, coleccionaba libros.

Mandó construir este palazzo en la calle más chic para nobles de Rimini, una vía que ya era conocida por los cotilleos más sabrosos de la ciudad. Gambalunga compró la mayoría de sus libros en Venecia, esa ciudad donde hasta los libros parecen navegar. Los mandó traer en barco: imagina la preocupación de los marineros, ¡ni un solo libro mojado! Sus biblias, clásicos griegos y latinos, tomos de historia, ciencia antigua, poesía y gramática ocupaban la planta baja. Junto a cada volumen, había ese inconfundible olor a cuero y papel envejecido.

La pasión de Gambalunga fue tan grande y tan poco habitual, que en 1619, en su testamento, dejó todo este palacio y su biblioteca... a la ciudad. “Para que cualquiera pueda entrar”, escribió. Imagínate la sorpresa de los vecinos: ¡una biblioteca para todos, y no para eclesiásticos o cardenales! Tocaba pagar un bibliotecario y asegurar el crecimiento de la colección con 300 escudos anuales. Poco antes de morir, nombró a Michele Moretti como primer cuidador de su legado. En 1620, el notario Bentivegni contó, uno por uno, 1.438 volúmenes y casi 2.000 obras: seguro que llegó a casa esa noche soñando con títulos de libros y números.

Pasaron los años y la biblioteca creció como pan casero: en 1715 ya tenía 7.487 libros gracias a donantes como Giuseppe Garampi, un chico que entró aquí con dieciséis años y salió siendo Prefecto de los Archivos Vaticanos. Garampi donó incunables, códices y-atención-una edición única de “De re militari”. Los tesoros de Garampi, como un evangelio del siglo XI y códices medievales, son auténticas joyas. ¡Apostaría una pizza a que incluso los ratones de biblioteca lo reconocen como héroe local!

Cuando llegó la República Cisalpina, la biblioteca heredó más de 5.000 volúmenes de órdenes religiosas suprimidas. El Palacio Gambalunga se convirtió en el instituto de saber cuando la iglesia perdió el monopolio de la educación. Incluso sobrevivió milagrosamente a la Segunda Guerra Mundial, cuando muchos edificios vecinos quedaron reducidos a escombros y recuerdos. En los setenta, renovaron el palacio, devolviendo la biblioteca a la primera planta, siempre con ese patio renacentista, un pozo mágico de piedra de Istria en el centro.

¿Sabías que muchas salas conservan muebles originales de nogal del siglo XVII y un salón rococó con globos terráqueos holandeses de hace 400 años? Podrías recorrer la historia del mundo con solo girarlos. En la sala Des Vergers, puedes ver cómo los franceses planificaban recolectar inscripciones latinas, mientras en otros rincones duermen centenares de manuscritos, documentos y la gaceta más antigua de Rimini (¡de 1660!).

Hoy, la Gambalunghiana alberga más de 293.000 libros - oye, si te quedas sin lectura es porque quieres - y colecciones de música, películas, grabados, fotografías y hasta CD-ROMs y casetes (los abuelos de Spotify). Grandes visitantes, como Ezra Pound y Aby Warburg, se han sentado en sus mesas, probablemente buscando inspiración… o simplemente disfrutando de la tranquilidad y el crujir de los papeles antiguos.

Cierra los ojos un momento e imagina el murmullo de los lectores, el eco de pasos sobre losas antiguas, y el aire cargado de historia y saber. ¿Quién sabe si no tropiezas con el fantasma de Gambalunga, sonriendo satisfecho mientras vigila a los curiosos de hoy en día?

Así que, cuando salgas de aquí, saldrás con una pizca más de sabiduría y, quizás, con el deseo secreto de construirte una biblioteca propia… aunque sea en una estantería del pasillo.

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Esta fue una forma sólida de conocer Brighton sin sentirme como un turista. La narración tenía profundidad y contexto, pero no se excedía.
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