A tu derecha verás un edificio largo y elegante, de tres plantas, con un gran portal en arco al centro y una fila rítmica de ventanas arqueadas que parecen mirarte con calma desde la fachada.
Este es el Edificio de la Cámara de Comercio de Reggio Calabria, y aunque hoy se siente sólido y formal, nació de una necesidad bastante humana: volver a ponerse en pie. La Cámara de Comercio como institución se creó el 23 de octubre de 1862, cuando el rey Víctor Manuel II firmó su establecimiento. Suena como un acto aburrido de oficina… pero era una forma de decir: “Aquí se organizan el comercio, los oficios y la vida económica de la ciudad”. En otras palabras: quién vende qué, cómo circula el dinero y cómo se mantienen las reglas del juego.
Luego llegó el terremoto de 1908, ese golpe brutal que cambió el Estrecho para siempre. Después del desastre, la sede quedó en una construcción provisoria, una especie de “barracón” ampliado una y otra vez… hasta que ya no daba más. Así que se decidió levantar un edificio nuevo cerca del solar destruido, en este ángulo de calles, con un proyecto del ingeniero Gino Zani. Porque si algo le gusta a una ciudad sísmica es aprender por las malas y luego ponerse muy seria con la ingeniería.
La primera piedra se colocó en 1926, con el ministro Italo Balbo presente. Pero entre nuevas normas antisísmicas, papeles que no caminaban y materiales difíciles de conseguir, la obra se demoró. Los trabajos arrancaron de verdad en 1929, con la empresa Borrello, y las terminaciones artísticas de los interiores quedaron a cargo del profesor Romano Buva. Finalmente, en diciembre de 1935, el edificio se inauguró… al fin, una burocracia con final feliz.
Ahora, obsérvalo: la planta es rectangular, tres pisos más el semisótano. La fachada está ordenada en franjas horizontales, con una base fuerte y cornisas que separan niveles. En el centro, el portal de arco de medio punto, escoltado por pilastras planas con líneas verticales. Encima, el balcón con reja de hierro forjado y una puerta-ventana doble, también en arco, con pequeñas columnas. Y rematando todo, un gran alero con tejas de terracota que proyecta sombra como una visera.
Por dentro, si pudieras asomarte, te esperaría la sala del Consejo con techo artesonado y estucos dorados, una escalera con presencia, lámparas de hierro forjado y un gran panel de madera tallada. Un toque liberty en el interior… como si el edificio, tan correcto por fuera, guardara su lado artístico para los que pasan la puerta.
Cuando estés listo, el Palazzo del Banco di Napoli está a 2 minutos caminando hacia el nordeste.



