Y aquí estamos... en la última parada, con Reggio Calabria todavía respirando alrededor nuestro. Si miras un segundo a tu alrededor, vas a notar algo: la ciudad no se “visitó” nada más... se caminó, se escuchó, y se dejó entrar.
Hoy pasamos de la fuerza tranquila de la Catedral, a la piedra antigua y un poco misteriosa de los Ottimati. Cruzamos fachadas que no gritan, pero que cuentan historias si uno les presta atención... el edificio de la Cámara de Comercio, palacios como Melissari Musitano, Zani, Guarna, Spinelli. Todos con esa elegancia italiana que dice: “sí, soy bonito... pero no te voy a rogar que me mires”.
Y luego, el Teatro Cilea... donde hasta el silencio parece ensayar. Piazza Italia, con su aire de ciudad seria, de decisiones importantes y pasos apurados. Y esos bancos antiguos, tan sólidos, tan orgullosos... como si el dinero tuviera que vivir en un palacio para portarse bien. Spoiler: no siempre funciona.
Pero si me preguntas qué se queda pegado en la memoria... es el Lungomare Falcomatà. Esa línea de mar que no solo decora, sino que acompaña. El Estrecho ahí delante, con Sicilia al alcance de la vista, recordándote que siempre hay “otro lado”. Y a veces ese otro lado es un lugar... y a veces eres tú, después de un día como este.
También nos encontramos con iglesias que guardan capas de tiempo: San Giorgio al Corso, y la Católica de los Griegos, pequeña y fuerte, como una promesa antigua que nadie se atrevió a romper. Reggio tiene eso: no presume con fuegos artificiales. Te gana con constancia... con detalles... con esa belleza que aparece cuando bajas un poco el volumen de la prisa.
Me gusta pensar que caminamos juntos como se camina con un buen amigo: sin correr, mirando bien, dejando espacio para sentir. Si hoy te llevas algo, que sea esto: las ciudades no son solo lugares... son espejos. Te devuelven lo que traes. Y si llegaste con curiosidad, Reggio te respondió con historia. Si llegaste cansado, te dio mar. Si llegaste con ganas de empezar de nuevo... te mostró un horizonte.
Escucha un segundo... el aire, las voces, tus propios pasos. Esto también es parte del recuerdo.
Gracias por compartir el camino conmigo. Cuando guardes el teléfono, Reggio Calabria sigue ahí... pero ya no es “una ciudad más”. Ahora tiene tus huellas. Y eso, honestamente, es lo más bonito que puede pasar en un viaje.
Hasta la próxima... y que el regreso te sea amable.


