Bien, estás plantado justo delante de una de las joyas de Chelsea: Holy Trinity Sloane Street. Si quieres sonar de aquí, algunos la llaman la “catedral del movimiento Arts and Crafts”. Eso del Arts and Crafts fue una corriente de finales del siglo diecinueve que defendía el trabajo artesanal bien hecho, con diseño y oficio por encima de la producción en serie. Si vas con prisa… di simplemente Holy Trinity.
Mira esas puertas enormes, y el contraste del ladrillo rojo con la piedra. En el año mil ochocientos ochenta y ocho, esta señora elegante sustituyó a una iglesia que era más o menos la mitad. La anterior la había diseñado James Savage, con aire gótico, y cabían unas mil seiscientas personas… aunque al final tenía más ecos que feligreses.
El quinto conde Cadogan, que por la zona mandaba como si fuera el dueño del Monopoly, quiso algo más ambicioso. Llamó a John Dando Sedding, y Sedding tuvo una idea muy londinense: “Hagámosla ancha”. No es la iglesia más larga de Londres, pero sí es más ancha que la propia catedral de San Pablo… por unas descaradas nueve pulgadas. Aquí la competición es educada, pero existe. Por supuesto.
Si afinas el oído, casi puedes imaginar a Sedding repartiendo trabajo: “Pomeroy, Armstead, Thornycroft… quiero gárgolas y ángeles”. Las gárgolas, por cierto, son esas figuras monstruosas que también sirven de desagüe. Sedding murió antes de terminar, y su amigo Henry Wilson siguió la obra… aunque algunas cosas se quedaron a medias: faltan partes de vidrieras y un friso, es decir, una banda decorativa cerca de las ventanas altas, y todavía hay tallas sin rematar.
Al entrar, te espera un banquete visual. Hay vidrieras por todas partes, incluida una ventana oriental enorme de Edward Burne-Jones y William Morris, un dúo estrella… pero en vez de guitarras, vidrio coloreado. También verás ventanas de William Blake Richmond, con “imaginería decadente”, y obras de Christopher Whall, vigilando desde arriba como porteros de club con título universitario.
Y luego está la ventana occidental: lisa. Hubo planes, pero entre la vida, las bombas enemigas y el despiste, quedó sin acabar. El cristal sencillo se perdió en el Blitz, y el reemplazo sigue siendo una promesa.
Dicen que el edificio está encantado por los fantasmas de los proyectos a medio hacer… y quizá por algún director de coro buscando partituras desaparecidas.
La música aquí fue seria. El órgano, con tubos gigantes, se construyó para coros capaces de despeinarte la dignidad. Tocaron figuras como Edwin Lemare, Sir Walter Alcock -que tocó en nada menos que tres coronaciones- y hasta John Ireland, aunque lo vieron demasiado novato para el puesto principal.
En los años sesenta casi la derriban. Pero el poeta John Betjeman y la Victorian Society armaron tal protesta que el plan se vino abajo. Menos mal.
Por aquí pasaron liberales como Gladstone, artistas bohemios, poetas y amistades de Oscar Wilde. Y hoy sigue viva: conciertos, festivales y actividades de barrio. No estás solo frente a una iglesia… estás ante un trozo de historia londinense que todavía respira. ¿Seguimos hacia lo siguiente? Vamos.



