Entre las cenizas de antiguos conventos y los restos de una ciudadela militar que aquí se ganó más odio que cariño, has seguido el rastro de una Barcelona que se niega a rendirse. Mira el ladrillo trabajado con tanta intención, escucha cómo se mueven las palmeras y fíjate en ese olor dulce, discreto, que llega de las panaderías cercanas y se mezcla con el aire salino.
Empezamos entre el bullicio y acabamos justo en el lugar donde antes se levantaba una fortaleza imponente. Una fortaleza, por cierto, es básicamente un recinto militar pensado para controlar y defender… o, según quién lo mire, para vigilar. Barcelona tiene esa costumbre casi terapéutica: convertir sus capítulos más oscuros en espacios públicos donde la gente vive la ciudad.
Ha sido un placer caminar contigo. Y cuando salgas del parque, quédate con esta idea: la gran obra maestra de Barcelona no es solo su arquitectura… es su espíritu difícil de romper.


