De las cenizas de antiguos conventos a los grandes pabellones pensados para mostrarse al mundo, las cicatrices de Barcelona acaban siendo sus monumentos más contundentes... Hemos recorrido bastante. Y vale la pena quedarse con una idea: aquí todo son capas.
Por un lado, las piedras densas y silenciosas de una ciudad antigua que quedó enterrada. Por otro, las curvas atrevidas del Modernismo catalán, ese estilo de finales del siglo XIX y principios del XX que mezcla artesanía, fantasía y ganas de impresionar.
Es un pulso constante: lo viejo se resiste a desaparecer del todo y lo nuevo insiste en levantar algo más grande, más audaz. Esa tensión se nota en el rumor de las fuentes mezclado con el zumbido incesante de la ciudad... y también en el aire, entre la piedra antigua y el aroma dulce de almendras tostadas de los puestos cercanos.
Y justo aquí, la Exposición Universal de 1888 proclamó que Barcelona entraba por fin en el futuro, levantando monumentos de ladrillo y hierro sobre antiguos campos de batalla.
Al salir del parque, recuerda: estás caminando sobre historia. Hasta la próxima... sigue explorando.


