Frente a ti verás un parque lleno de césped verde y grandes árboles, y justo al centro, espera una estatua rodeada por caminos y flores de colores; para encontrar el corazón del parque, solo sigue el sendero principal hasta la figura erguida en medio de todo.
Ahora que estás aquí, déjame contarte el secreto mejor guardado del corazón de Kristiansand: el Parque Wergeland. Si cierras los ojos por un momento, casi puedes escuchar el murmullo de los árboles, sentir el fresco aroma de miles de flores y el leve cosquilleo de la brisa en tu cara. Este oasis nació gracias a Oscar Wergeland allá por 1859, quien, probablemente, soñó con un refugio verde para escapar del bullicio del centro (¡y quizás para impresionar a su suegra con el mejor jardín de la ciudad!).
Antiguamente, una fuente adornaba el centro, pero en 1908, la fuente se mudó y en su lugar se colocó la estatua de Henrik Wergeland, el hermano poeta de Oscar. Imagina el drama familiar: uno da el nombre, pero el otro se lleva la estatua. Todo fue gracias al centenario de Henrik, y la escultura fue obra de Gustav Vigeland. Dicen que esta estatua está inspirada en unos versos tan brillantes que, si los recitas en voz alta, ¡puede que hasta los pájaros se queden quietos para escuchar!
El parque, que antes estuvo a punto de caer en el olvido, hoy es una joya gracias a sus patrocinadores, que lograron juntar una fortuna para llenarlo de luces y flores. En primavera aquí florecen más de 8 000 bulbos y en verano, casi 8 000 flores compiten en belleza. Disfruta este pedacito de paraíso; si Oscar y Henrik te están mirando desde el más allá, seguro se están peleando por ver quién logra que sonrías primero.



