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Saint Agostino

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Saint Agostino

Fíjate al frente, porque Porta Montanara es un arco robusto de piedra arenisca, con bloques envejecidos y macizos, destacando entre las calles modernas y las fachadas color pastel que la rodean; su aspecto sencillo y su forma arqueada antigua la hacen imposible de confundir.

Imagina que ahora, bajo tus pies y frente a ti, miles de personas han pasado desde hace más de dos mil años. Esta puerta, conocida originalmente como Porta Sant’Andrea, nació cuando Roma aún se sacudía el polvo tras las guerras civiles de Sila, en el siglo I a.C. Imagínate a los antiguos romanos reconstruyendo sus murallas, con el eco de las espadas aún vibrando en el aire, mientras Rimini, que en esa época se llamaba Ariminum, se preparaba para un nuevo comienzo tras ser saqueada por el ejército de Sila. Porta Montanara era la guardian de la ciudad en su extremo sur, justo donde el cardo maximus -la calle principal norte-sur- comenzaba su camino hacia el valle del río Marecchia y, más allá, hacia las colinas y los antiguos pueblos de Emilia-Romaña.

En su origen, era más monumental que lo que ves ahora: dos arcos, uno gemelo al otro. Para los comerciantes y viajeros, cruzar esta puerta era el comienzo de una aventura o el regreso a casa. Pero la ciudad siempre estaba cambiando; ya en el primer o segundo siglo, uno de sus arcos fue tapiado y convertido, con el tiempo, en la extraña bodega medieval que la historia caprichosa escondió a la vista y que no sería redescubierta hasta el siglo XX. Dicen que si escuchas con atención, hasta puedes sentir el pequeño temblor del suelo cada vez que un coche moderno pasa donde antes lo hacían los carros romanos, atascados a veces por lo estrecho de este paso… ¡ni las autoridades de la época sabían cómo aliviar el tráfico!

Muchos nombres han pasados por este lugar: primero la llamaron Sant’Andrea, por el barrio y la iglesia vecina; luego, en tiempos de la República Cisalpina, para borrar cualquier rastro religioso, surgió el nombre de “Porta Montanara”, la puerta de la montaña. Si pensabas que la burocracia moderna es pesada, imagina en el siglo XIX, cuando aquí los carromatos debían pasar controles de aduana, atascados mientras los funcionarios discutían si debían demoler la puerta o dejarla tranquila. Hubo hasta un episodio ridículo: algunos ciudadanos impacientes le dieron unos cuantos golpes con picos antes de que la decisión oficial llegara. ¡Casi hacen el trabajo antes de tiempo!

Pero la puerta no se salvó sólo de ciudadanos impetuosos o aduaneros gruñones, también sobrevivió a los peores momentos del siglo XX. Durante la Segunda Guerra Mundial, los bombardeos aliados cayeron sobre la ciudad y fue justo una bomba la que, sin querer, nos devolvió a la vista el arco tapiado y su aire misteriosamente romano. Aún así, la paz trajo su propia destrucción: para que los tanques pudieran atravesar Rimini, los ingenieros aliados demolieron el otro arco, ¡y casi hacen polvo el Arco de Augusto por error! Te aseguro que ningún arquitecto romano habría aprobado ese plan. Los restos de piedra del arco que demolieron terminaron siendo usados para pavimentar calles destruidas; así que, en cierto modo, siguen bajo los pies de los riminesi.

Y si crees que esto es trágico, espera: la administración decidió en los años 40 que ya no era tan “monumento”, y el arco sobreviviente fue desmontado piedra a piedra -son casi 280 bloques-, reconstruido en el patio del Tempio Malatestiano, y vuelto a mover décadas después, en los 70, cuando tuvieron que hacer sitio para nuevas oficinas. Por suerte, en 2004, gracias a una alianza entre ciudadanos, banqueros y empresarios, Porta Montanara encontró de nuevo un lugar muy cercano a su posición original, para seguir mirando el paso del tiempo en Via Garibaldi, testigo de bicicletas, coches y turistas curiosos.

Fíjate bien: si exploras la calzada puede que aún veas algunas marcas de pedernal en el suelo, señalando el antiguo sitio de la puerta. Y no olvides el material con el que está construida: arenisca de Covignano o de Pietracuta, que con cada lluvia, sol y abrazo del viento cuenta historias de siglos.

Así que, frente a ti, tienes mucho más que un arco de piedra: tienes la puerta a miles de historias, de soldados, mercaderes, ciudadanos obstinados, bombardeos, reconstrucciones y, por supuesto, unos cuantos curiosos que todavía se preguntan qué habrá visto realmente a lo largo de su vida. ¿Listo para tu siguiente aventura riminesa?

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Y muchas opiniones.

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Esta fue una forma sólida de conocer Brighton sin sentirme como un turista. La narración tenía profundidad y contexto, pero no se excedía.
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