Y así llegamos al final del paseo, aunque en Rávena nada termina del todo. La ciudad prefiere una magia discreta: una curva de ladrillo gastado, una campana que se apaga sobre la plaza, el rastro suave del incienso junto a una puerta antigua, y ese destello dorado atrapado en las teselas, las diminutas piezas de piedra o vidrio que componen los mosaicos y que han sobrevivido a reyes, obispos y conquistadores.
Lo que has seguido no es solo un itinerario, sino un palimpsesto: un texto escrito encima de otro. Aquí una autoridad reclamó estas calles, otra las bendijo de nuevo, otra levantó muros y altares sobre lo que ya se consideraba sagrado. Y, aun así, las visiones anteriores siguieron ahí, brillando bajo las correcciones. Una ciudad arriana se volvió bizantina, y después otra cosa, sin borrarse jamás por completo.
Incluso el suelo lo cuenta: Rávena se ha elevado capa sobre capa, como si la ciudad se alzara sobre su propia memoria. Al marcharte, guarda esto: aquí el pasado no desaparece. Espera, justo bajo la superficie.


